En 2010, 23 bisontes americanos fueron liberados en el árido desierto de Chihuahua, en México. Parecía un experimento destinado al fracaso, pero sus pezuñas, su estiércol y su forma de desplazarse ayudaron al suelo a retener agua, permitieron que el pasto volviera a crecer y revivieron todo el ecosistema.
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